¿Alguna vez empezaron leyendo un libro por el final? ¡Yo jamás! Sí reconozco que llegando al último capítulo me pongo ansiosa y me dan ganas de dar vuelta las hojas y espiar, pero finalmente no lo hago.
Conocí "Las ciudades invisibles" casi por casualidad. Un día me leyeron un párrafo de de ese libro y me intrigó terriblemente conocer el resto. El párrafo en cuestión era este:
El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.
¿Qué libro es? ¿Quién es el autor? ¡Ah!
Ítalo Calvino, me suena... fui a la librería que voy siempre y lo encargué. Llegó, me avisaron por teléfono, lo fui a buscar, salí con el libro en la mano, subí al tren e iba leyendo (tantos años de viajar en tren aprendí a hacer equilibrio sin agarrarme de ningún lado). En una de esas, hago algo inesperado, voy directamente al final... y me encuentro con... ¡con el párrafo!.
Y así, de regalo, les dejo el prólogo:
No es que Kublai Kan crea en todo lo que dice Marco Polo cuando le describe las ciudades que ha visitado en sus embajadas, pero es cierto que el emperador de los tártaros sigue escuchando al joven veneciano con más curiosidad y atención que a ningún otro de sus mensajeros y exploradores. En la vida de los emperadores hay un momento que sucede al orgullo por la amplitud desmesurada de los territorios que hemos conquistado, a la melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos a conocerlos y a comprenderlos; una sensación como de vacío que nos acomete una noche junto con el olor de los los elefantes después de la lluvia y de la ceniza de sándalo que se enfría en los braseros; un vértigo que hace temblar los ríos y las montañas historiados en la leonada grupa de los planisferios, enrolla uno sobre otro los despachos que anuncian el derrumbarse de los últimos ejércitos enemigos de derrota en derrota y resquebraja el lacre de los sellos de reyes a quienes jamás hemos oído nombrar, que imploran la protección de nuestras huestes triunfantes a camtio de tributos anuales en metales preciosos, cueros curtidos y caparazones de tortuga; es el momento desesperado en que se descubre que ese imperio que nos había parecido la suma de todas las maravillas es una destrucción sin fin ni forma, que su corrupción está demasiado gangrenada para que nuestro cetro pueda ponerle remedio, que el triunfo sobre los soberanos enemigos nos ha hecho herederos de su larga ruina. Sólo en los informes de Marco Polo, Kublai Kan conseguía discernir, a través de las murallas y las torres destinadas a desmoronarse, la filigrana de un diseño tan sutil que escapaba a la mordedura de las termitas.
Me pasa algo raro, siento que fue ayer que compré el libro, aunque en su primera hoja diga, con mi letra: 17-02-10 y todavía no voy ni por la mitad. Es que cada vez que llego a una ciudad de la mano del viajero Polo me quedo un rato pensando, dando vueltas por sus calles, observando a su gente... me parece que cuando uno lee este libro se sale un poquito del tiempo y del espacio.
Omito, con toda intención, escribir lo que me inspiró pensar el párrafo que cité al principio y el prólogo. Si te animás, tal vez puedas contar en tu comentario lo que sentiste, percibiste, pensaste...